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¿Palabra de honor?

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pinocho

Todos conocemos o en alguna ocasión hemos utilizado la expresión: “palabra de honor” o “te doy mi palabra.” Pero, ¿qué es lo que queremos transmitir con todas esas palabras? En principio, la palabra es nuestro honor, en ella empeñamos nuestra reputación nuestro buen nombre, nosotros mismos (deja de pagar las letras de una deuda y ya verás qué pasa). La palabra nos avala.

Hoy en día parece como que ya no hay nada estable, nada perdurable… todo está en cambio permanente. La palabra nos avala, decíamos; pero ¿quién se fía hoy de las palabras? “Temps era temps” (diríamos en catalán) cuando los hombres eran fieles a su palabra; pero ahora lo que impera es el típico “donde dije digo, digo Diego” y así, sin más, la gente se desdice y se desentiende no sólo de sus palabras, sino también del compromiso o de la responsabilidad moral que esas mismas palabras conllevan.

En el mundo de los negocios, la palabra de uno ya no es (excepto en contadas excepciones), garantía alguna de compromiso y sentido de fidelidad. La política es otro ámbito en el que este sentido de fidelidad a la palabra brilla, precisamente, por su ausencia. Incluso en el ámbito de lo religioso, encontramos casos de una clara infidelidad a la Palabra de Dios y al Dios de la Palabra por parte de hombres y mujeres que, supuestamente, creen e incluso prometen sujetarse a credos o confesiones de fe que en la letra afirman la fe del cristianismo histórico pero que, sin embargo, mantienen vidas y enseñan principios que son totalmente opuestos al Evangelio. Por último, el elevado índice de divorcios y fracasos matrimoniales es un claro síntoma de la profunda crisis de fidelidad que afecta a las personas en sus relaciones más íntimas. De manera que, del afirmativo de dos personas que se casan (“sí quiero”) hemos pasado a un si condicional que determina la duración de un matrimonio, dependiendo de si se cumplen o no las expectativas de felicidad y realización personal que, se supone, el matrimonio nos ha de reportar.

Si, tal y como la filosofía de hoy de nuestro tiempo afirma, todo es relativo y no hay nada absoluto, y si esto es una realidad y no tan sólo nuestra incapacidad de conocer la verdad, entonces nos encontramos frente a una situación en la que la verdad no sólo es opinable, sino también cambiable. No hay nada estable, nada perdurable, todo está en cambio permanente y dado que nuestra perspectiva de la realidad parte de mirarnos al ombligo (“el hombre es la medida de todas las cosas”), si en esta noción de la realidad se da alguna vez cabida a Dios, entonces tendemos a pensar o a imaginarnos a Dios como vemos el resto de la realidad que nos rodea… es decir, en cambio y en movimiento constante.

Sin embargo, Jesús afirmó: “cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Marcos 13:31); y si tal y como decíamos al principio, las palabras nos preceden o avalan lo que somos, hemos de deducir de esta declaración de Cristo, que Dios no cambia. Él siempre es el mismo: estable, firme, consistente, coherente con su carácter verdadero (auténtico). El Señor es siempre el mismo (Malaquías 6.3) y esto equivale o coincide plenamente con ese atributo de Dios (la inmutabilidad) que expresa la perfección de la naturaleza de su ser “Yo soy el que soy”.

Con el paso de los años, a medida que vamos profundizando en el conocimiento de Dios, por medio de su Palabra (no hay otra manera), nos percatamos no que sea Dios el que cambia, sino que es nuestra comprensión de él la que cambia. Es como cuando la niña Lucy, después de mucho tiempo, se reencuentra con Aslan en la segunda entrega de Las Crónicas de Narnia de CS Lewis. En la conversación que entablan la niña y el león, ésta le dice: “Te veo más grande”, a lo que Aslan contesta que él no ha cambiado; lo que ocurre es que a medida que Lucy va creciendo, también crece su percepción de lo realmente grande que es Aslan. Estoy seguro que eso también nos ha pasado a una gran mayoría, cuando después de muchos años vamos a un lugar y nos parece mucho más grande o más pequeño de cómo lo recordábamos; y sabemos que no es el lugar, sino nuestra percepción del mismo, lo que ha cambiado. Algo muy parecido nos ocurre con el paso de los años en relación a Dios. Por supuesto, a Dios no lo vemos más pequeño; al contrario, con el paso de los años y en la medida que maduramos en la fe, nuestra conciencia de la grandeza de Dios irá siempre en aumento.

Como nos recuerda Santiago 1:17, Dios no cambia. Él siempre permanece el mismo, es fiel y la constancia de su carácter es la garantía de nuestra esperanza. Él permanecerá siempre fiel a su palabra y es por eso mismo que podemos sujetarnos a ella con confianza. Por otra parte, la fidelidad puede ser entendida como el atributo comunicable de Dios que “traduce” su naturaleza inmutable en términos que, humanamente, podemos comprender. Todo ello, finalmente, queda o debería quedar plasmado en nuestras vidas haciendo nuestra la exclamación de Jeremías en Lamentaciones 3:22-24.

El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota.
Cada mañana se renuevan sus bondades;¡muy grande es su fidelidad!
Por tanto, digo: «El Señor es todo lo que tengo. ¡En él esperaré!»

Dios es veraz, él es un Dios de verdad y su Palabra es verdad. En su relación con los suyos, Dios es siempre fiel; siempre podemos confiar en su Palabra… porque en ella le va el honor de su buen nombre. La fidelidad, de hecho, es un atributo esencial del carácter de Dios; y en ella se basa nuestra confianza en él. Una cosa, sin embargo, es aceptar la fidelidad de Dios como una verdad que le caracteriza, y otra muy diferente es actuar en consecuencia a esta verdad que profesamos. En su Palabra, Dios nos ha dado muchas y grandes promesas, pero ¿realmente contamos con ellas?, ¿de verdad creemos que Dios las llevara a término? ¿Estamos realmente a la expectativa de ver cómo Dios realiza en nuestras vidas las promesas que encontramos en su Palabra? ¿Descansamos confiadamente en las palabras de Hebreos 10:23 “Mantengamos firme la esperanza que profesamos, porque fiel es el que hizo la promesa.”?

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