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No había lugar para él en el mesón (II)

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Y con esta entrada, hoy acabamos la breve serie de dos que empezamos hace un par de días al proponeros hacer juntos este camino de dos días hacia la Navidad. Si quieres refrescar la memoria leyendo la primera entrada sólo tienes que seguir este enlace.

En teología hay un término que nos habla de la grandeza de Dios: soberanía. Según el diccionario, soberano es quien “ejerce o posee la autoridad suprema o independiente.” Es decir, que no hay nada ni nadie por encima de él a quien tenga que rendir cuentas o dar explicación alguna… es independiente o libre en el sentido más pleno y absoluto de la palabra. Y Lucas, el historiador, empieza explicándonos la historia de la Navidad a partir de un edicto promulgado por la voluntad del “soberano” Augusto César, pero que en realidad obedece a los designios de la voluntad suprema del Dios soberano que no sólo es amo y señor sobre su creación, sino también amo y señor de todos y cada uno de los acontecimientos de la historia para llevar a cabo su magnífico plan de salvación.

Después de esta introducción inicial, que sitúa en su contexto histórico los acontecimientos que a continuación nos va a ir explicando, Lucas sigue con su introducción a la Navidad explicándonos que después del largo recorrido y una vez llegados a Belén, José y María (ahora sí que ya estamos en la escena típica de Navidad) no encontraron “lugar para ellos en el mesón.” Esta frase es una de esas contradicciones aparentes que encontramos en la Biblia… pues acabamos de hablar de la soberanía de Dios, de cómo él controla los acontecimientos de la historia; pero al llegar a Belén, José y María no encontraron lugar para ellos en el mesón. ¿No podía Dios haber intervenido en algo tan sencillo? Igual que se sirvió del edicto del César, o como envió una estrella para que guiara a los sabios de oriente, ¿no podía haber enviado un ángel para que hiciera una reserva en alguno de los hostales de Belén?

Creo que la respuesta a esta pregunta es bastante clara: evidentemente que sí, Dios podría haber reservado un lugar para José y María y así Jesús no hubiera nacido en un establo. De hecho, Dios, en lugar de escoger a José y María, podría haber escogido a una familia acomodada o incluso rica, para que Jesús no llegara al mundo en medio de la pobreza más absoluta. De hecho, si miramos toda la vida de Jesús, podríamos ver muchas otras ocasiones en las que Dios o el mismo Jesús podría haber hecho las cosas de forma diferente; como convertir las piedras en pan cuando acabó los 40 días de ayuno en el desierto (antes de iniciar su ministerio), o enviar 10.000 ángeles en su ayuda la noche en que fue apresado en Getsemaní. Y él mismo, tal y como le sugería uno de los ladrones en el calvario, podría haberse salvado a sí mismo de morir clavado en aquella cruz.

Pero la cuestión no es tanto lo que Dios podría haber hecho sino lo que Dios quiso hacer (cuántas energías malgastamos a veces pensando en lo que podría ser o en lo que podría no haber sido). La voluntad de Dios, lo que Dios quiso, es que aún siendo rico, por amor a nosotros Jesucristo se hiciera pobre para que nosotros en su pobreza fuésemos enriquecidos (2 Corintios 8:9).

Aunque pueda pasarnos casi desapercibido, el hecho de que no hubiera lugar para ellos en el mesón responde también a la buena voluntad de Dios de que por nosotros, su Hijo se hiciera pobre, incluso antes de nacer. Y así fue toda su vida, desde el pesebre (ni tan siquiera una cuna) a la cruz; siempre excluido y desposeído de todo para que nosotros pudiéramos ser incluidos como herederos y llegásemos a poseer el más grande de los tesoros que es la riqueza de ser llamados hijos de Dios. Por eso, la grandeza de la soberanía de Dios (incluso a partir de este episodio inmediatamente anterior a la Navidad) no está tanto en su trascendencia como en que para él incluso los detalles más pequeños en la insignificante historia particular de cada uno de nosotros tienen importancia (no hay accidentes). Lo grande de la soberanía de Dios es que le importamos, hasta tal punto que la barrera entre mi insignificancia y su grandeza ha sido anulada mediante la vida, muerte y resurrección de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo… para quien se estaba preparando el escenario de su nacimiento por medio de lo que en principio parecía sólo el capricho y la inconveniencia de un edicto imperial que obligaba a una mujer en avanzado estado de gestación a emprender un incómodo viaje a su ciudad natal… un pequeño e insignificante pueblo llamado Belén.

De camino a la Navidad recordemos que Dios es soberano y que lo maravilloso de su grandeza está en que en sus planes eternos hizo provisión para nuestra salvación, preparando con cuidado el escenario que todos celebraremos de aquí a muy pocos días, al recordar aquel nacimiento en Belén. Irónicamente, el hombre más poderoso del mundo (Augusto Cesar, el supuesto salvador del mundo), dio la orden que puso en marcha todas las circunstancias que prepararon las condiciones que Dios mismo había dispuesto para la venida de su Hijo (el verdadero Salvador del mundo). Pero ese niño que nació no vino envuelto en la gloria, el poder y el esplendor de las riquezas de este mundo, sino que se desprendió de todo, incluso del calor y de la relativa comodidad de un modesto mesón, para nacer en la humildad y en la pobreza más absoluta, casi desde la marginalidad, excluido y despreciado… no había lugar para él en el mesón…. De manera que desde un buen principio se identificó con los miles de millones de personas que a lo largo de la historia no han contado para nadie: los parias, los desamparados y desposeídos… pasando él mismo a ser uno de ellos. Tan sólo hace falta recordar la respuesta de Jesús cuando uno le dijo entusiasmado: “Señor, te seguiré adondequiera que vayas”… “Las zorras tienen sus madrigueras, y las aves sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza” (Mateo 8:19-20).

En el camino a Belén se marcó el rumbo o la trayectoria de toda la vida de aquél que había de nacer para la esperanza de miles y cientos de miles de millones de personas de toda lengua, pueblo y nación; porque en él Dios nos trajo salvación. Y con estas palabras en mente, vayamos haciendo camino, preparando la celebración de ese gran día de la Navidad.

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