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Confesiones (2)

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“…nos criastes para vos, y nuestro corazón anda siempre desasosegado hasta que se quiete y descanse en vos.”

Seguramente, ésta es una de las frases más célebres (por no decir la más célebre) de San Agustín. La encontramos nada más empezar el libro y de hecho describe perfectamente el recorrido autobiográfico que el autor se dispone a compartir con el lector. Continuamos en esta segunda entrada echando un vistazo a la vida de San Agustín a través de su propio relato autobiográfico titulado Confesiones.Aurelio Agustín nació en la ciudad norteafricana de Tagaste (actual Souk-Ahras, Algeria), el 13 de Noviembre del año 354.  Su padre se llamaba Patricio y, según cuenta él mismo, fue pagano (es decir, no cristiano) la mayor parte de su vida. En cambio, Mónica –su madre- fue una fiel y fervorosa cristiana que al final de sus días vió como ambos, su esposo y su hijo, acabaron abrazando también la fe cristiana. Aunque romano de nacimiento, según historiadores de renombre como Norman Cantor o Henri-Irénée Marrou , la familia de Agustín pertenecía a la etnia que hoy en día conocemos como Bereber.

Los primeros estudios los cursó en su ciudad natal y en el año 367 se trasladó a Madura, donde profundizó sus conocimientos de gramática y retórica, para iniciar luego su formación superior. Allí estuvo dos cursos, hasta que tuvo que regresar a Tagaste interrumpiendo durante un tiempo sus estudios por dificultades económicas en la familia. Durante ese tiempo muerto se dedicó a una vida de holgazanerías, como él mismo lo relata en su obra. A la edad de 17 años su padre pudo reunir el suficiente dinero para enviarle a Cartago para que completara sus estudios en retórica. Ese mismo año murió su padre y Agustín se unió sentimentalmente a una joven, de quien le nacerá un hijo: Adeodato.

Fue en Cartago donde se aficionó por los clásicos y la lectura del Hortensio de Cicerón y las Categorías de Aristóteles despertaron en él un apetito voraz por la sabiduría (por supuesto, no en un sentido bíblico sino helénico de la palabra). De hecho, él mismo confiesa haber despreciado inicialmente la Biblia al compararla en estilo con la elocuencia de los clásicos griegos. En una breve reseña biográfica sobre San Agustín que he podido leer online se describe perfectamente esta etapa convulsa de su vida.

[El joven Agustín] intentó encontrar la verdad en la Santa Biblia, pero su orgullo intelectual le impidió en principio descubrir lo que buscaba. Fácilmente encontró falsas vetas de sabiduría en filósofos y predicadores de su tiempo, pero ninguno lo satisfacía y en muchos casos llegó a sentir que insultaban su inteligencia con postulados absurdos o falaces. Pretendió hallar la verdad en las sectas, que proliferaban en aquel entonces; de ese modo comenzó a profundizar en los estudios sobre el maniqueísmo y luego en el gnosticismo , encontrándose siempre con el vacío de respuestas y la [consiguiente] desilusión.

Tras haber estado un tiempo en Tagaste enseñando gramática, decide establecerse de nuevo en Cartago, donde funda una escuela en la que ejerce como profesor de retórica. Durante este tiempo comienza a tambalearse su débil fe maniquea. Finalmente, cansado de la mediocridad que le rodea, e incapaz de soportar el dolor que le produce la muerte de un amigo de la infancia (al que también introdujo al maniqueísmo) decide ir a buscar fortuna a Roma. Una vez allí, desilusionado por una búsqueda infructuosa del verdadero saber, primero adopta una postura escéptica y, finalmente, se aleja definitivamente del maniqueísmo.

Ya lejos de la influencia de los maniqueos (y de Roma… de donde ha salido escarmentado por su mala experiencia con los estudiantes), emprende una nueva etapa de búsqueda y se sumerge en la lectura de Plotino y Platón, lo que le acerca al neoplatonismo y, a su vez, al cristianismo. De hecho, allá por el año 384 –mientras ejerce como profesor de retórica en Milán- conoce a Ambrosio (Obispo de Milán), y empieza a asistir como oyente a sus sermones. Al año siguiente su madre se traslada a vivir con él a Milán.

Como ya hemos mencionado antes, desde el principio y a lo largo de toda su vida Agustín tuvo en Mónica un claro testimonio de piedad y vida cristiana. La preocupación y constante oración de esta mujer por la vida de su hijo hace de ella un vivo ejemplo de extraordinaria y ferviente intercesión cristiana; siendo posiblemente uno de los frutos de su inquebrantable testimonio, la conversión de su esposo Patricio poco tiempo antes de morir.

Poco a poco, el resultado de estas oraciones fue tomando cuerpo también en la vida de Agustín. Poco a poco, se fue acercando al paso definitivo de fe que había de transformar toda su existencia y dar respuesta a su incesante búsqueda. La lectura de los neoplatónicos y, sobre todo, de las cartas del apóstol Pablo le acercaron a reconocer o por lo menos empezar a considerar que, efectivamente,  la Biblia pudiera la fuente de esa verdad que tanto deseaba conocer.

Hace un par de noches, leía en el libro Entrelíneas (José de Segovía), el artículo que le dedica a Bruce Springsteen.  El siguiente párrafo llamó de forma especial mi atención:

El Jefe se dio a conocer con un disco llamado Nacido para correr (Born to Run, 1975), que él mismo describió como un “álbum religioso, aunque divertido.” Nos presenta la mediocridad de la vida de una pequeña ciudad de provincias, que puede hacer a algunos “dejar de vivir.” Sus canciones nacen de esos sueños rotos. Pero otros como él, muestran una pasión por trascender las circunstancias que les hacen vivir insatisfechos, rodeados de muerte, dolor y temor. Su huida en la oscuridad nace de una profunda convicción: hemos sido hechos para la gloria. Eso es lo que Agustín comprendió también cuando descubrió que “el hombre ha sido creado por Dios, y su corazón está siempre inquieto, hasta encontrar descanso en Él.” Por eso “todos tenemos un corazón hambriento,” dice Springsteen, “un hambre que no podemos resistir.”

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