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El matrimonio, según la Biblia (5)

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Llevamos ya un par de semanas desde el inicio del nuevo curso escolar; con todo el ajetreo, nervios y cambios que eso conlleva. Pero, poco a poco, vamos cogiendo de nuevo el ritmo. Y al repasar en los últimos días la actividad del blog, me percato de que el ritmo de entradas se ha reducido notablemente. A pesar de ello, seguimos teniendo un buen número de visitas a diario; lo que nos lleva a pensar que de alguna manera kerigma.net está contribuyendo (aunque sea de forma muy modesta) al diálogo en el que cientos –incluso miles- de personas participan a diario con la intención de poco a poco, blog a blog, ir erosionando y, finalmente, conseguir ir borrando esa línea imaginaria que durante tanto tiempo ha pretendido dividir los espacios, el tiempo y la vida entre lo sagrado y lo profano.

Mientras nos dure la ilusión y las fuerzas (en medio de tantas batallas que tenemos que librar a diario), por nuestra parte intentaremos continuar manteniendo vivo el diálogo. Y para ir ya de nuevo de cara al asunto, en esta entrada de hoy recuperaremos (para finalizarla) la serie que este verano empezamos sobre la idea del matrimonio, según la Biblia. Por supuesto, no se trata de un estudio exhaustivo… un blog no es el espacio adecuado. Simplemente, unas cuantas nociones alrededor de una idea fundamental (y para muchos controversial), que es la idea bíblica del sometimiento mutuo.

Sin más, os dejo con la quinta y última entrada sobre el matrimonio según la siempre retadora perspectiva de la Biblia.

Normalmente, el amor es lo que suele llevar a un hombre y a una mujer a unir sus vidas en matrimonio; es por eso que dos se casan y deciden formar su propio hogar…. pero este amor les pertenece sólo a ellos… es exclusivo del uno para el otro. Sin embargo, tal y como mencionábamos en una entrada anterior, el matrimonio es una parábola que señala hacia una realidad superior, a un amor más puro, más grande, a un amor infinito… el amor de Dios, a través de Jesucristo, por su iglesia. Un amor del que sí podemos participar y apropiarnos si dejamos de vivir centrados en nosotros mismos y reconocemos que es para Dios para quien hemos sido creados; y que esto, lejos de ser una limitación, es la libertad más grande que jamás podamos experimentar.

En su unión, la pareja que contrae matrimonio, encontrará la fuerza; su compromiso constituirá la base sobre la que irán construyendo con solidez el hogar que Dios les ha dado y, al sellar su relación con la bendición de Dios, lo que harán será constituirse ellos mismos en un canal de bendición para otros… ya sean estos otros, los hijos que nazcan como fruto de ese matrimonio o, también, todas aquellas otras personas a su alrededor que, de una forma u otra, también se beneficiarán de su amor. Porque el matrimonio según la Biblia (y ese es realmente el resultado de todo aspecto o área de la vida cuando ésta ha sido impactada por el evangelio) no es un bien en sí mismo y para sí mismo; sino un medio que nos orienta en amor y por amor hacia fuera.

Acabaré este sencillo y breve recorrido sobre la idea del matrimonio -que, según la Biblia, es una misteriosa parábola que nos habla de la relación de Cristo con su iglesia- con un antiguo himno sin melodía que encontramos en la Epístola a los Filipenses. Allí el apóstol Pablo reflexiona sobre el mismo concepto de someternos unos a otros que ha sido el eje que nos ha ido guiando a lo largo de esta serie. Sus palabras, que básicamente nos exhortan a no mirar cada uno por lo suyo propio, son las que leemos en Filipenses 2:5-11. Palabras que, en última instancia, hacen que elevemos la mirada (dejando de estar absortos en nosotros mismos) para contemplar a la única persona que realmente nos ha amado hasta el extremo de sujetar su propia vida a la muerte; para que –estando muertos nosotros- pudiéramos por él y en él recibir la vida.

“Haya pues en vosotros el mismo sentir que hubo también en Cristo Jeús, el cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”

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